¿Es posible parar el envejecimiento?¿Y revertirlo?

Hemos aprendido desde niños que envejecer es parte de la vida y que no podemos luchar contra ello. Pero ¿y si considerásemos el envejecimiento como una enfermedad? ¿Podríamos tratarla o, por lo menos, ralentizarla?

Hay un término acuñado en el campo de la toxicología llamado hormesis. En palabras de Kelly Clarson, What doesn’t kill you make you stronger o, para el que busque una definición más técnica, la exposición a una dosis baja de un agente que es dañino a dosis altas, puede inducir un efecto beneficioso en la célula u organismo. Esta teoría lleva unos años teniendo un gran impacto también en el campo del anti-envejecimiento. Así, corrientes como las del ayuno intermitente o los tratamientos de exposición a frío o calor, entre otras muchas, encuentran su base en ese concepto. Pero, ¿cuánto hay de ciencia y cuánto solo de creencia? ¿Qué sabemos realmente sobre el envejecimiento?

Desde el punto de vista biológico, ¿qué causa el envejecimiento? Si bien el debate sigue activo en este campo, cada vez más resultados avalan una teoría del envejecimiento basada en la pérdida de información. Esta pérdida de información puede tener numerosas causas, como el acortamiento de los famosos telómeros. Hoy, sin embargo, nos centraremos concretamente en la pérdida de información epigenética, que cambia la expresión de nuestros genes con el paso de los años, “desorganizándola” poco a poco y llevando, en último término, a la muerte de nuestras células.

¿Qué es la epigenética? os estaréis preguntando. Pues bien, nuestra información genética se almacena en el ADN mediante un lenguaje de cuatro letras, del que ya hemos hablado otras veces: A, T, G y C. Esas letras se refieren a cuatro moléculas que tienen una estructura conocida pero que, en ocasiones, pueden sufrir pequeñas modificaciones. Siguiendo con la metáfora del lenguaje, es como si añadiésemos acentos a esas letras, cambiando la forma en la que las leemos. Así, el organismo interpreta de manera diferente una letra sin modificación epigenética, que una con ella, cambiando así la expresión de esos genes. El patrón que siguen esas modificaciones, que se ve afectado por el ambiente, va cambiando a lo largo de la vida. Por ejemplo, cambios epigenéticos en los genes del colágeno, hacen que estos se silencien a medida que envejecemos, provocando las tan odiadas arrugas que muchos tenemos.

Hay algunos genes que cuando se activan son capaces de “rejuvenecer” las células, devolviendo las modificaciones epigenéticas a su estado original. Es lo que se conoce como los “factores de transcripción de Yamanaka” en honor del Premio Nobel que los descubrió. De hecho, son tan potentes que pueden hacer que una célula diferenciada, por ejemplo una célula del hígado, vuelva a un estado no diferenciado y, bajo las señales adecuadas, pueden convertirse en una célula completamente distinta. Si bien esta propiedad abre la puerta a un rejuvenecimiento controlado, también puede acabar en una multiplicación descontrolada de células que llevarían al desarrollo de tumores. Por tanto, como decía Aristóteles, la virtud está en el término medio ¿Cómo activamos esos genes lo suficiente para generar un rejuvenecimiento, sin causar un tumor?

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Este punto medio se consiguió para uno de esos factores, conocido como OSK, en el laboratorio de David A. Sinclair en Harvard, cuyos resultados se publicaron en el año 2020 en la prestigiosa revista Nature. Para demostrar que de hecho se podía rejuvenecer células controlando ese factor, este grupo realizó estudios en neuronas, que son las células que pierden antes la capacidad de replicarse. Por tanto, si se destruyen, no son repuestas por otras en condiciones normales, como sí pasa por ejemplo con las células de nuestra piel (por eso cicatrizan nuestras heridas).

Lo que hicieron en este grupo fue estudiar neuronas del nervio óptico de ratones. Si la corriente eléctrica que pasa por este nervio se interrumpe durante tiempo suficiente, me ahorro los detalles escabrosos de cómo se consigue esa interrupción, las neuronas del nervio mueren. Como no se reponen, el ratón queda ciego de ese ojo. Pues bien, activando ese factor, se veía que las neuronas se reponían en ese nervio y recobraban su actividad. De hecho, se le devolvía la vista a esos ratones. Lo que es más increíble, eso también sucedía en ratones ya muy mayores, indicando que este rejuvenecimiento sería también posible en individuos ancianos, no solo jóvenes. Todo ello, sin ningún indicio de desarrollo de tumores.

Estos descubrimientos abren un campo enorme de posibilidades en el campo del anti-envejecimiento en el futuro. Sin embargo, empezamos esta entrada hablando de la hormesis, aquello que no te mata te hace más fuerte y, para este momento os estaréis preguntando qué tiene que ver eso con lo que os he contado. Pues bien, se ha demostrado, que estos factores de Yamanaka y algunos otros genes relacionados se activan en situaciones de estrés para el organismo, fomentando una acción anti-envejecimiento. Así, si pasamos un poco de “hambre” a través del ayuno intermitente (quede claro que no hablamos de malnutrición) o un poco de frío de cuando en cuando, estaríamos activando estos genes. La teoría parece correcta en este campo, pero somos científicos y eso quiere decir que tenemos que demostrar nuestras afirmaciones. El problema es que para conseguir esas demostraciones en este caso necesitamos enormes estudios poblacionales controlando muchísimas variables. Aunque hay algunos estudios más pequeños, si me preguntas, yo no estoy todavía convencido. En unos años, volvedme a preguntar.

Es difícil saber a día de hoy, si algún humano llegará a vivir 200 años alguna vez, o 150, o más que Jeanne Calment, con 122, la persona que más ha vivido en la historia. Lo que parece cada vez más claro es que, gracias a la ciencia, los años que vivamos, los viviremos más sanos, tanto mental como físicamente.

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